
Efecto Carnaval: cuando celebrar nos transforma
El Carnaval boliviano es difícil de explicar, pero fácil de sentir. Nos mueve desde adentro, nos llena de alegría, energía y orgullo por lo nuestro. Es una fuerza colectiva que despierta la memoria, la música y la tradición, provocando un efecto único que se vive en comunidad. El Carnaval no es solo una fecha en el calendario: es un efecto que se construye entre todos y se queda con nosotros mucho después de que la fiesta termina.
Ese Efecto Carnaval nace en cada gesto. En el artesano que borda durante meses un traje que brillará al son del fervor y la devoción, en el bailarín que ensaya sin parar, en el vecino que arma su calle para recibir a propios y extraños, en la reina que representa la alegría de su gente. En el Carnaval nadie sobra, porque todos provocamos el efecto y todos lo vivimos.
En medio de esa celebración compartida, hay símbolos que acompañan naturalmente el encuentro. Uno de ellos es Paceña, presente en los momentos de pausa, en los brindis después de la entrada, en las mesas donde se cruzan historias, risas y cansancio feliz. Más que una bebida, Paceña se ha convertido en parte del ritual social que rodea al Carnaval: ese momento en el que la fiesta se conversa y se comparte.
El Carnaval boliviano es diversidad en movimiento. Desde Oruro hasta cada barrio del país, la fiesta une lo ancestral con lo urbano, la devoción con la alegría, el pasado con el presente. Y así como el Carnaval es un esfuerzo colectivo, también lo es la identidad que construimos alrededor de él: una identidad que se celebra en grupo, que se vive en la calle y que se refuerza en cada encuentro.
Pero el Efecto Carnaval también implica responsabilidad. Celebrar es cuidarnos, respetar nuestras tradiciones y entender que la verdadera esencia de la fiesta no está en el exceso, sino en el compartir consciente. Porque cuando la celebración es colectiva, el compromiso también lo es.
Paceña y el Carnaval se encuentran en ese punto común: el de unir a las personas. Ambos forman parte del imaginario boliviano, no como algo impuesto, sino como algo vivido. Porque el Carnaval no pasa, se queda. Y su efecto —ese que provocamos entre todos— sigue presente cada vez que volvemos a brindar por lo que somos.